“Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no
era comunista. Después vinieron por los socialistas y los
sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después
vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después
vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que
pudiera hablar por mí” : 1945, Martin Niemoeller
Sí, el título no es políticamente correcto, pero ¿por qué disimular el lenguaje cuando las leyes se
dictan a sabiendas de ser discriminatorias? Sí, este título puede (intentar) generar alarma social
pero ¿acaso el miedo crónico azuzado por la amenaza de continuas o futuras subidas del
diferencial de la prima de riesgo y la recesión no resulta igual de alarmante?. Sí, la cita que
encabeza el texto ha sido utilizada demasiadas veces (por desgracia). Y no es de Bertolt Brecht
sino de un pastor luterano antinazi, pacifista y antinuclear. Qué descrédito para estos tiempos.
En 1972, John Lennon, el mismo cantante-poeta que escribió poco antes Imagine ([...] imagine
all the people sharing all the world [...]), publicó la canción “Woman is the nigger of the world”
(que podría traducirse por “La mujer es el negrata/negro esclavo del mundo”), tomando como
base para este tema la misma frase pronunciada por Yoko Ono en una entrevista en 1967. Eran
los tiempos convulsos de la lucha por los llamados “derechos civiles” en norteamérica, cuando
muchos (ahora denominados) afroamericanos tuvieron que salir a la calle a protestar por los
linchamientos sin juicio, la discriminación en el acceso a la educación superior o al simple hecho
de sentarse junto a las personas de raza ¿blanca? en los autobuses o utilizar los mismos
urinarios. Recientemente el Nobel de la Paz y presidente de los EEUU Barak Obama, a la
sazón hijo de inmigrantes, realizó el gesto simbólico de sentarse en el mismo asiento de
autobús “para blancos” del que Rosa Parks no se quiso levantar en 1955. La leyes contra la
segregación racial se dictaron en 1964. El boicot a los autobuses promovido por un tal Martin
Luther King durante más de un año y las posteriores movilizaciones parece que ayudaron un
poco a que se derogaran las leyes que permitían hasta entonces dicha segregación. Los negros
(perdón) habían conquistado ciertas cotas de libertad o, al menos, de no discriminación y ahora
les tocaba a las mujeres (perdón).
Sí, mucho ha llovido desde entonces y muchos “derechos civiles” han sido conquistados. Hoy
damos por hecho (en el llamado “Occidente” pero que acaso sólo es el norte rico) la no
discriminación de las mujeres (aunque todavía tienen sueldos menores que los hombres para el
mismo puesto de trabajo, no acceden a puestos directivos o son apartadas del ejercicio
sacerdotal en determinadas confesiones), de los homosexuales (aunque no pueden ejercer su
derecho al matrimonio civil en muchos países o en determinados estados de esos países) o de
cualquier persona por razón de raza (concepto que, en sí mismo, se quiere en desuso, pero que
ilógicamente, resistiendo todo nuestro buenismo y tanto papel, sigue haciendo que la pobreza, la
delincuencia, el confinamiento carcelario, la muerte violenta y el tono oscuro de la piel vayan
todavía de la mano). Sí, mucho ha llovido, pero en muchos lugares bajo esa misma lluvia “el
otro” sigue siendo el mismo: el pobre, el inmigrante, la mujer, el niño… el débil, por supuesto.
Tenemos leyes que dictan y regulan los derechos individuales, los derechos fundamentales del
hombre, esa conquista de la Ilustración (sí, en mayúsculas y aunque sólo lo consiguiera en el
plano teórico). Tenemos también el concepto de el “velo de la ignorancia” respecto a la clase o
la posición social que recomendaba Rawls para diseñar las leyes de una sociedad justa,
aunque parece que es un velo con demasiados agujeros por donde el legislador se asoma a
mirar de vez en cuando. Tenemos un pensamiento homogéneo, si no único, en el que los
neoliberales (más bien neoaristócratas) lo son sólo para promocionar el sentido correcto de la
circulación de capitales y donde el único negro bueno parece ser el dinero negro, recientemente
amnistiado.
Ahora le toca el turno a la asistencia sanitaria universal y gratuita, ese gasto insostenible para
nuestro país (que paradójicamente la organiza con una eficiencia notable respecto a los países
de su entorno) donde el que se aprovecha de la misma, el despilfarrador, es siempre, claro está,
“el otro”: el moro, el ecuatoriano, el subsahariano y, perdón por incluirlo en listado (y por la rima),
el británico o finlandés o sueco jubilado. Uno imagina a todos esos jubilados atiborrándose de
pastillas inútiles sólo porque pueden, porque es “de gratis”. Uno visualiza una sanidad
nuestro país que, otra vez paradójicamente, ha contribuido y contribuye a nuestro PIB (éste sí
va siempre con mayúsculas, faltaría más) con su fuerza de trabajo y su capacidad de consumo,
en la época de las inmobiliarias gordas y en la de las vacas y bancos flacos, también.
Pero resulta que la asistencia sanitaria es un derecho, un derecho ciudadano, civil: siento decir
algo tan obvio pero, de la misma manera que no se puede discriminar a alguien por ser de
origen magrebí o sudamericano (no lo hacemos, ¿verdad?), no podemos dejar en la cuneta al
que la lotería genética, o la contaminación ambiental, o su incultura, o su falta de medios para el
autocuidado, o, incluso, su personalidad indolente y adictiva al tabaco, o la simple mala suerte la
mayoría de las veces, ha hecho caer enfermo. Así lo hemos llamado siempre: caer enfermo.
Pero ahora parece que cuesta agacharnos a ayudar. Igual nos manchamos.
Estoy leyendo un libro, siempre hay un buen libro a mano aunque también nos vayan a cerrar
las bibliotecas. Se llama “How we do harm” y ha sido publicado en 2011 (mucho después,
anoten, de que Rosa Parks no se levantara del asiento de aquel autobús) por el Dr Brawley, a la
sazón Jefe Médico de la Asociación Americana del Cáncer (y afroamericano, sí, sólo le falta ser
mujer) y también Jefe de Oncología de un hospital público (Grady’s) de Atlanta, USA. El Dr
Brawley expone su visión del sistema sanitario norteamericano a través de su biografía y de la
narración de diversos casos de personas arruinadas y con enfermedad y/o arruinadas por la
enfermedad. Casos que acaban en el sumidero de la atención pública norteamericana
(Medicare – para jubilados y dependientes –, Medicaid –para pobres–) porque ya no son
rentables para sus médicos “después de una biopsia de cartera negativa” que dice él o de
“insuficiencia aguda de tarjeta de crédito” que podríamos decir también. El Dr Brawley, poco
sospechoso de ser un outsider o un parloteador demente, defiende la (poco ambiciosa, en
realidad, pero básica) reforma sanitaria que Obama no puede, al menos de momento, llevar a
buen término sobre la base argumental de que el “sistema [actual de asistencia sanitaria] no
está fallando: funciona exactamente como estaba diseñado [...] con los codiciosos sirviendo a
los glotones”. La situación es sencilla: sobretratamiento para ricos y subtratamiento para
pobres. El protocolo estricto lo dicta la “biopsia de cartera”. Ese es el modelo que resulta
cuando la competencia del mercado, la mano invisible para unos y muy bien entrenada por
otros, entra a saco al pastel de los enfermos (reales o imaginarios).
En 1966, anoten de nuevo, sólo dos años después de la ley de no discriminación racial en
norteamerica, las Naciones Unidas, en el artículo 12 de la Convención Internacional de los
Derechos Econóimicos, Sociales y Culturales establecían el “derecho de todos a disfrutar del
más alto estándar de salud obtenible”. No les aburro con la letra pequeña que sigue sobre la
salud infantil, la higiene industrial y del medio ambiente, el control de las epidemias… ya saben,
eran los 60 y la gente aún creía en algo, metidos en toda esa orgía lisérgica y ese feminismo
desatado. Sin embargo, no hace tanto, en el 2000, de nuevo las Naciones Unidas publicaron el
“Comentario General nº 14” sobre “Derecho a la salud” que es bastante más práctico, así
somos ahora ¿no?, y se mete en la harina espesa de definir un sistema de salud adecuado, de
las obligaciones del Estado y de las ¡ONG! en este sentido, de las posibles violaciones de este
derecho y especifica las bases de su implementación. Sólo les dejo aquí el enlace y una frase
destacada “health facilities, goods and services must be accessible to all, especially the most
vulnerable or marginalized sections of the population, in law and in fact, without discrimination
[...]”. Como nuestros actuales gobernantes tienen más títulos que los anteriores, o eso dicen, lo
traducirán fácilmente, no es difícil ¿o sí? ¿les traduzco “accesible”? ¿en serio?
Sí, las llamadas “clases medias” ahora que parecería que ya no hay clases, disfrutamos de otra
situación: somos ciudadanos, pagamos impuestos, somos (o nos creemos) cultos, tenemos
capacidad de influencia y podemos exigir (por todas esas cosas). Pero, según los beneficios
que obtengamos de nuestros impuestos, cada vez nos parecerá menos adecuado contribuir. Si
nuestro nivel de renta nos excluye de determinados beneficios (educación pública de calidad,
asistencia sociosanitaria de calidad, infraestructuras suficientes) pediremos que nos devuelvan
el dinero, exigiremos colegios privados donde invertir ese dinero para la educación de nuestros
hijos (futuras élites, claro, faltaría más), seguros de asistencia médica privados (antes parias,
ahora salvadores) donde no se nos ahorrará ninguna prueba diagnóstica o tratamiento (otra
cosa es que vaya a estar indicado: miren las cifras de frecuentación para estudios radiológicos,
por ejemplo, en cada ámbito). Pediremos libertad para nuestro dinero y perderemos la nuestra
entre la descohesión social y los déficits en derechos civiles. Si aún nos queda dignidad,
podremos decir, por fin, que primero vinieron a por los sudacas y los moros, después a por
los jubilados y los dependientes y luego vinieron a por nuestros hijos pero nosotros ya
habíamos muerto (y habíamos muerto de cualquier manera inadecuada: sobre o subtratados).
Sí, destrozarán el universalismo. Será poco a poco, pero nos despertaremos un día (a lo mejor,
ni siquiera en nuestro país) y seremos moros o sudacas. Como hizo Rosa Parks, no nos
levantemos de ese asiento del autobús, por favor. Se lo debemos a mucha gente.
Pepe Aguilar es cirujano y trabaja en Murcia

Yo estoy casada con un sudaka argentino y dicen que todo se pega. Así que nunca me levantaré de la silla.
Llevo pagando impuestos desde que empecé a trabajar hace casi veinte años, sólamente una vez he cogido la baja por enfermedad, aparte de las tres bajas por mis tres hijos; soy una persona sana y casi nunca voy al médico, así que yo soy rentable para el sistema…
Pero mi hija pequeña tiene una enfermedad metabólica… ella no será rentable para el sistema, y temo que su salud quede en manos del dinero.
En un abrir y cerrar de ojos nos quitarán todo lo que ha llevado un siglo conquistar…. yo tampoco me levantaré de la silla. Por mi, por mis hijos, por mis futuros nietos…
Gracias Pepe por tu reflexión!! Me parece brillante!!
Yo también quiero seguir sin levantarme de la silla, pero a veces es tanta la desesperanza que me dan ganas de irme con mi silla a “otro sitio” en el que “los otros” ya no sean “otros”, si no uno más entre “nos-otros”.
Un abrazo
Enhorabuena Pepe por este articulo y tu visión tan acertada de lo que poco a poco nos están haciendo y lo que están consiguiendo. No podemos quedarnos parados. Yo me voy ahora a la manifestacion, porque todavia nos quedan formas para decir que este no es el presente ni el futuro al que tenemos derecho y que nos merecemos. Gracias!!
Pués tienes razón en muchas cosas pero no en otras. Al menos podrías reconocer, estimado compañero que se abusa del sistema público. Un día en una consulta de primaria con 80 pacientes en una mañana te haría quizás cambiar de opinión. Claro que los extranjeros tienen derecho a usar el sistema sanitario !Faltaría más! pero quizás fuera conveniente que no fueran todos los del mundo. La cuestión es obvia: No podemos! No es sostenible. Queda muy bien, muy bonito y muy de todo, pero no se puede. Perdoname que sospeche que más que medico escribes como político y el que alguien te apunte que va a ir a la manifestación me refuerza esa teoría. Demasiada demagogia, Pepe.
¡¡Ole,óle y óle¡¡¡ No te conozco pero intentare hacerlo.
Es un consuelo en estos tiempos encontrar gente que tiene la lucidez de escribir cosas con tanto juicio como tú,si nos sumamos a estas ideas quieza no nos despojen de lo poco y mucho que consiguieron personas como Rosa Parks y otras muchas .
¡¡Yo tampoco me levanto del asiento¡¡¡¡
Quisiera decirle a Juan Ells que ir a la manifestacion no es un octo politico,más bien es un acto de conciencia social..
Me parece una acertadisima reflexión y exposición clara de la situación que estamos viviendo, quiero decir aquí, YO NO ME LEVANTARE NUNCA DEL ASIENTO, y no retrocederé ni un ápice de las cosas que hemos conseguido a fuerza de luchar.
felicidades por tu exposición.
Gracias por los comentarios (y perdón por la demagogia).
Felicito a Pepe Aguilar por su artículo, es una gran pena tener que asistir a la regresión. Por lo menos habrá que resistirse.
A Juan Ells le diría que yo también soy médico de primaria, hace 24 años que asisto al mismo cupo, actualmente de 1700 cartillas pero antes de más de 2000, y nunca hubiera dicho que no es sostenible el sistema por la cantidad de usuarios, veo más acertadas las razones dadas por Andrés Gimeno, que habrás leido en esta Web (hipermedicalización, exploraciones o vacunas innecesarias, productos caros que no aportan mejoría a los ya existentes, o de utilidad no comprobada,….) Le diría que pruebe a poner más tiempo por consulta, tendrá tiempo para explorar más, explicar más, ordenar y simplificar los tratamientos, no hacer cosas por complacencia,…. y verá como se reduce la demanda. Yo tengo 10 min. por paciente y no tengo más demora que mis compañeros. Tenemos receta electrónica, eso sí.
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